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Dos amantes del vino plantaron uvas donde nadie imaginaba y crearon su propia bodega

A unos 260 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, Junín está lejos de las regiones que concentran la producción vitivinícola argentina. Las lluvias y la humedad de la Pampa Húmeda hacen que cultivar uvas sea más complejo que en las zonas secas del país. Sin embargo, fue allí donde dos amigos sin experiencia en la industria decidieron plantar sus primeras vides.

Mariano Tessone y Juan Pablo Richelmini eran consumidores de vino, recorrían bodegas y participaban de degustaciones, pero sus actividades profesionales iban por otro lado: uno era abogado y el otro tenía un frigorífico avícola. Cerca de los 40 años empezaron a buscar algo para hacer juntos y apareció una idea poco habitual: elaborar un vino que tuviera identidad juninense.

En 2013 plantaron 1.100 vides de Malbec, Petit Verdot y Cabernet Franc. Más de una década después, Finca Las Antípodas elabora alrededor de 2.000 botellas anuales, que se venden entre $ 25.000 y $ 30.000. A la actividad vitivinícola se sumaron tres alojamientos entre las vides, degustaciones y dos eventos que llegan a reunir a más de 2.000 personas.

“Éramos consumidores curiosos. Nos gustaba el vino, pero no sabíamos nada de vitivinicultura. Lo que queríamos era hacer algo distinto y tratar de que Junín tuviera su propio vino, contó Tessone a iProfesional.

Dos amigos crearon su propia bodega: de una hectárea a una finca de seis

La tierra ya estaba en la familia. El padre de Tessone tenía una chacra de seis hectáreas en Junín que llevaba tiempo prácticamente sin uso. La propuesta inicial fue ocupar solo una de ellas.

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Mariano Tessone y Juan Pablo Richelmini participaban en degustaciones y hoy venden 2.000 botellas por año.

“Le dije que quería probar con un viñedo y me respondió: ‘Si me das vino, usá la tierra’, recordó entre risas.

Antes de plantar buscaron saber si la idea era viable. Convocaron a Gabriela Celeste, directora de Eno-Rolland, la consultora creada por el enólogo Michel Rolland, para estudiar el suelo, el clima y determinar qué variedades podían adaptarse mejor a la zona.

El resultado les dio margen para avanzar. “Nos dijo que, como mínimo, un buen rosado íbamos a poder hacer. Para nosotros eso ya era suficiente para empezar“, explicó.

El 18 de noviembre de 2013 llegaron las primeras 1100 plantas. Eligieron Malbec, Petit Verdot y Cabernet Franc y comenzaron a trabajar sobre una hectárea. Más adelante, los dos socios compraron las otras cinco hectáreas de la chacra.

El nombre Las Antípodas surgió de una característica geográfica: la zona se encuentra en una latitud similar, aunque en el hemisferio opuesto, a San Rafael, Mendoza. La referencia terminó convirtiéndose en la identidad de la marca.

Las primeras botellas de vino tardaron en llegar

Las primeras uvas aparecieron algunos años después, pero tener materia prima no significó tener un producto listo para vender. Las condiciones climáticas de Junín y la falta de experiencia hicieron que varias de las primeras elaboraciones no llegaran al mercado.

Como complemento,

Como complemento, Tessone y Riquelmini construyeron alojamientos para hasta 12 personas.

Estuvimos dos o tres años arruinando vinos. Por una cosa o por otra siempre salían mal. Parte era responsabilidad nuestra y parte tenía que ver con el clima. Hacer vino acá es mucho más complicado que en las zonas tradicionales“, explicó Tessone.

La humedad y las lluvias obligaron a trabajar de una manera diferente a la de regiones como Mendoza. A medida que avanzaban las vendimias, fueron ajustando el manejo de las plantas y la elaboración con asesoramiento externo.

“El problema no era plantar un viñedo. Lo más difícil fue el tiempo, conseguir asesoramiento, traer insumos y no claudicar. Hay que tener mucha paciencia, resumió.

La primera partida que decidieron comercializar fue de apenas entre 400 y 500 botellas. Las siguientes cosechas les permitieron definir el estilo que buscaban: etiquetas frescas y frutadas, con poca intervención de madera y una graduación de entre 12% y 13%.

“Nos gustan los vinos frescos, frutados y con menos alcohol. No queremos copiar otros estilos“, señaló.

Actualmente elaboran alrededor de 2,000 botellas por año, entre etiquetas como Field Blend, Ancellota y Marselan.

La llegada de los visitantes

El volumen reducido de las primeras cosechas obligó a buscar otras fuentes de ingresos. Con pocas botellas disponibles, los socios sabían que la comercialización por sí sola no alcanzaba para sostener la iniciativa.

“Nos dimos cuenta de que, si no agregábamos otra actividad, íbamos a seguir poniendo plata todo el tiempo, contó Tessone.

Así empezaron las degustaciones. Al principio eran encuentros para grupos chicos, en los que participaban cocineros, sommeliers y otras bodegas. Como todavía no tenían suficiente elaboración propia, muchas veces servían etiquetas de terceros.

Esos encuentros fueron ganando público hasta convertirse en dos fechas que actualmente forman parte del calendario de la ciudad. Vinarte, que se realiza en noviembre, convoca alrededor de 2000 personas. Wine & Love, organizado en febrero cerca del Día de los Enamorados, reúne unas 1500.

“Siempre decimos en chiste que al principio nos salían mejor las fiestas que el vino“, comentó Tessone.

Los eventos permitieron generar ingresos y, al mismo tiempo, llevaron cada vez más visitantes hasta el campo. Ese movimiento abrió una nueva posibilidad: que quienes llegaban pudieran quedarse a dormir.

La nueva pata del proyecto

Antes de la pandemia, Tessone y Richelmini construyeron tres guest houses sobre containers, con capacidad para cuatro personas cada una. En total pueden recibir a 12 huéspedes.

Las unidades tienen cocina y parrilla y están ubicadas frente a las vides. Las tarifas parten de $ 90.000 por noche para dos personas durante la semana y de $ 100.000 los sábados y feriados. Para cuatro huéspedes, los valores llegan a $ 130.000 y $ 140.000, respectivamente.

La estadía puede complementarse con una degustación de cuatro vinos, una picada de fiambres regionales y una recorrida por el viñedo y la bodega. Para los huéspedes cuesta $ 25.000 por persona, mientras que para el resto de los visitantes, $ 30.000.

Cuánto producen y cómo venden

La escala sigue siendo chica. Con unas 2.000 botellas anuales, los socios todavía no pueden garantizar el volumen necesario para abastecer regularmente a vinotecas o supermercados.

Por eso, la mayor parte se vende directamente en el establecimiento y durante los eventos. Los precios se ubican entre $ 25.000 y $ 30.000 por botella y realizan algunos envíos puntuales, aunque no cuentan con una distribución masiva.

“La idea es aumentar un poco la producción antes de salir a otros canales. Queremos tener vino disponible todos los años y para eso necesitamos guardar una parte“, explicó Tessone.

Parte de las plantas todavía no alcanzó su máximo rendimiento, por lo que esperan aumentar la cantidad de botellas en las próximas vendimias. La intención es crecer de manera gradual, sin abandonar la escala chica con la que nació Las Antípodas.

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