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Bancos anticipan que el precio del dólar ya no se quedará atrás y “copiará” a la inflación

Para un país en el que uno de los deportes nacionales consiste en discutir sobre el “valor correcto” del dólar, parece estar dándose una situación extraña: los principales bancos y consultoras económicas creen que en este momento hay un tipo de cambio en equilibrio.

Es, al menos, lo que se desprende de la encuesta REM que todos los meses realiza el Banco Central para conocer las proyecciones del mercado financiero. Y en el último reporte aparece una coincidencia entre la inflación esperada para los próximos 12 meses y la cotización del dólar.

En ambos casos, se espera una evolución de 21% anual. Es decir, una inflación cero, medida en dólares. La tónica del año ha sido la del atraso cambiario -es decir, un IPC que evoluciona más rápido que el dólar-, a excepción del mes de junio, cuando un reacomodamiento cambiario rompió la tendencia.

Fue así que, en junio la cotización del billete verde se movió un 4,3%, frente a un IPC de 1,9%. Hasta ese momento, la inflación acumulada del año había sido de 13,6%, lo cual era el indicador de una muy alta inflación en dólares, dado que el tipo de cambio no solamente no había subido, sino que mostraba un retroceso de 3%.

Esa situación era lo que abonaba el recalentamiento del debate, en el que los industriales planteaban la evidencia de costos internos que subían más que los de sus competidores importados, mientras el ministro Toto Caputo afirmaba que no se puede hablar de retraso cambiario en el contexto de un boom exportador.

El ajuste cambiario de junio planteaba el interrogante sobre si se trataría una situación excepcional o de un cambio de tendencia. Y todo indica que la respuesta correcta era la primera: en los meses siguientes, el IPC volvió a superar al dólar.

Precios en dólares: proyecciones de los economistas para el cuatrimestre

¿Qué pasará a partir de ahora? La encuesta REM prevé una leve retracción en los costos, es decir una caída de los precios en dólares. Según proyectan los economistas, en el último cuatrimestre se acumularía una inflación de 6,7%, mientras el dólar se movería un 8%. Eso significaría que los precios, medidos en dólares, caerían un 1,2% real.

Y, cuando se les pide a los expertos que hagan su proyección a 12 meses vista, las respuestas apuntan a que, dentro de un año, tanto la inflación como la cotización del dólar habrán subido un 21%. En otras palabras, no incluyen en sus predicciones el riesgo de una turbulencia financiera causada por el ruido político.

Es un dato que, si bien no termina de conformar a quienes se quejaron del retraso cambiario acumulado en el primer semestre, por lo menos no agravará más la situación de los costos dolarizados.

Lo que explica el cambio en la expectativa de los economistas es el incremento en la demanda de divisas por parte del público, por la típica dolarización defensiva en el período pre-electoral. En ese marco, además, el propio Tesoro competirá con los privados por los dólares, para hacer frente a su exigente calendario de vencimientos de la deuda externa.

Esos factores, se cree en el mercado, presionarán al alza el precio del billete, y por eso al gobierno le costaría más caro mantener la calma cambiaria, ya que el Tesoro debería ofrecer tasas cada vez más altas para convencer a los inversores de quedarse en pesos.

De hecho, lo que se interpretó luego del último viaje del ministro Caputo a la cumbre del G20 es que su objetivo principal era mostrar que sigue gozando del respaldo del secretario del US Treasury, Scott Bessent, por si la situación se saliera de control durante la campaña electoral.

Adiós a la “restricción externa”

El gobierno, sin embargo, sigue manteniendo el punto de vista opuesto. Apunta a que el modelo económico de Javier Milei tiene, como efecto inevitable, un fortalecimiento del peso. Mencionan que, a diferencia de otros años, el flujo de dólares ya no depende de un buen año del campo, sino que tiene una característica estructural, por el boom de la producción petrolera.

A modo de prueba, exhiben el dato de la cuenta corriente: en los últimos 12 meses acumula un superávit de u$s2.549 millones, cuando la tónica histórica era que siempre la cantidad de dólares saliente fuera más alta que la de dólares entrantes.

De hecho, las proyecciones de comercio exterior apuntan a que esa tendencia se sostenga, alentada por los altos precios de las materias primas que exporta Argentina. En la encuesta REM, se prevé que en los últimos cuatro meses del año haya exportaciones por u$s33.564 millones e importaciones por u$s26.517 millones.

El debate del “cambio de modelo”

De concretarse estas cifras, significa que el año terminaría con un saldo de balanza comercial superior a los u$s25.000 millones, que en teoría deberían ser suficientes para financiar el déficit por turismo y servicios y, además, dejar dólares sobrantes para los ahorristas.

El propio presidente Milei ha argumentado que ya no tiene vigencia el clásico argumento de que Argentina padece una “restricción externa” en la que nunca tiene las divisas suficientes para equipar su aparato productivo.

Durante décadas, se consideraba que esa era una de las debilidades más difíciles de resolver para la economía argentina: como para crecer un punto del PBI se necesitaba aumentar tres puntos las importaciones, los dólares que generaba el campo nunca alcanzaban para reactivar a la industria. Eso llevaba a los tradicionales ciclos del “stop and go”, y justificaba los planteos de regulaciones cambiarias, que tuvo su máxima expresión en el “cepo” de la era kirchnerista.

En definitiva, el nuevo panorama hace que el actual tipo de cambio de $1.510 no implique una presión en el que todos los importadores salgan corriendo a acumular stock por temor a una devaluación inminente.

En principio, es una situación festejable, como de hecho la celebra Milei en los discursos en los que critica a quienes reclaman un mayor ritmo devaluatorio. Pero, por otra parte, hay un creciente temor a que en la economía argentina ocurra la llamada “enfermedad holandesa”, como denominan los economistas a la situación en que se da un equilibrio de tipo de cambio bajo, que no permite competir a la industria y genera alto desempleo.

El debate es interminable, pero si el punto de vista del gobierno fuera correcto, entonces la expectativa del mercado debería ser que la encuesta REM está equivocada y que el retraso cambiario volvería a ser la tónica.

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