
Un relevamiento realizado en el Comedor Pequeños Gigantes de Florencio Varela, procesado por Focus Market, indica cómo se sostienen económicamente los hogares que ya no tienen —o nunca tuvieron— un trabajo estable.
La primera entrega de este informe describió una economía doméstica sin ingreso fijo, sin ahorro y con la deuda como gasto central. Esta segunda parte, en tanto, busca responder una pregunta previa: ¿De qué vive, o de qué intenta vivir, la persona detrás de esos datos? El relevamiento —realizado por EconoChori, la iniciativa de educación económica impulsada por Massimo Pastore, y procesado por Focus Market— permite trazar ese perfil a partir de 47 respuestas relevadas en el comedor, mayoritariamente entre mujeres de 30 a 49 años.
La desocupación como punto de partida
El 45% de los encuestados está desocupado hoy. Es la categoría más numerosa, por encima de cualquier forma de trabajo, formal o informal. Le sigue el 32% que se sostiene con changas —trabajo esporádico, sin continuidad ni previsibilidad—, y recién en tercer lugar aparece el trabajo informal, con el 9%. El trabajo formal es una de las opciones menos frecuentes: apenas el 5%, por debajo incluso de quienes se dedican a tareas de cuidado del hogar (7%). El emprendimiento —la salida que suele proponerse como alternativa al empleo tradicional— es elegido por solo el 2%.
Esto implica que, de las personas relevadas, más de tres de cada cuatro no tienen hoy ni empleo formal ni un emprendimiento propio, sino que están directamente sin ocupación o dependiendo de trabajo intermitente. Y para el 32% que sí trabaja en changas, esa changa no es un ingreso extra ni algo transitorio: es la actividad principal.
Hoy, el 45% de los encuestados está desocupado y sólo el 2% tiene un emprendimiento
La changa como primera reacción, no como último recurso
Ese mismo patrón reaparece cuando se pregunta qué hacen si pierden el ingreso. El 43% responde que sale a hacer changas, y el 33% sale a buscar trabajo. Solo el 11% recurre a pedir ayuda —a la familia, al comedor, a asistencia social— y apenas el 7% tiene ahorros a los que apelar, una cifra que coincide con el 2% que en la primera entrega declaraba contar con reservas para un mes difícil. El 7% restante directamente no sabe qué haría.
La changa no funciona acá como una opción entre varias: es la respuesta automática, la primera reacción ante la pérdida de ingreso, antes incluso que salir a buscar un trabajo estable. Es un dato consistente con lo que mostraba la primera parte de este informe: ante un imprevisto, la prioridad no es reconstruir una trayectoria laboral, sino resolver el día siguiente.
Lo que falta no es ambición
Cuando se les pregunta qué les gustaría mejorar, la respuesta desarma cualquier lectura de resignación. El 39% quiere ingresos estables y el 37% quiere emprender: juntas, esas dos opciones concentran las tres cuartas partes de las respuestas. Muy por detrás aparece conseguir un mejor trabajo (17%) y, en último lugar, capacitarse (7%). La aspiración no es marginal ni difusa: es concreta, y apunta directamente a resolver la inestabilidad que describía la primera parte de este informe.
Pero cuando se pregunta qué oportunidad les falta para lograrlo, la respuesta cambia de terreno. Los obstáculos que más se repiten son:
- El 57% dice que le falta trabajo, sin más
- El 30% señala falta de apoyo
- El 26% falta de capacitación
- El 15% falta de crédito (pregunta de respuesta múltiple, por lo que los porcentajes no suman 100%)
El contraste es elocuente: la aspiración mayoritaria es emprender o conseguir un ingreso estable, pero el obstáculo que más se repite es la falta de trabajo en sí, no la falta de una idea o de iniciativa propia.
La mayor aspiració es emprender o conseguir un ingreso estable, pero el obstáculo más repetido es la falta de trabajo, no la falta de iniciativa
Entre la incertidumbre y una mejora que no se consolida
La comparación con el pasado reciente muestra una situación estancada más que en franco deterioro: el 39% dice estar igual que hace dos años, el 35% dice estar mejor y el 26% dice estar peor. La balanza entre mejora y empeoramiento es levemente positiva, pero el dato más grande es el de quienes no perciben ningún cambio: cuatro de cada diez personas llevan dos años en el mismo lugar.
Esa foto se vuelve más incierta cuando se proyecta hacia adelante. El 43% no sabe cómo va a estar el próximo año —la respuesta más elegida, por encima de cualquier expectativa concreta—. El 28% cree que va a estar mejor, el 17% igual y el 11% peor. La incertidumbre, más que el pesimismo, es el sentimiento dominante: no es que la mayoría espere que las cosas empeoren, es que la mayoría directamente no puede anticipar qué va a pasar.
En el relevamiento, el 39% dice estar igual que hace dos años, el 35% dice estar mejor y el 26% dice estar peor
El futuro como una herramienta que la mayoría no probó
El vínculo con la inteligencia artificial confirma la brecha que asoma en el resto del relevamiento. El 31% directamente no sabe qué es. Otro 33% escuchó hablar de ella pero nunca la usó. Sumadas, esas dos categorías representan al 64% de los encuestados: casi dos de cada tres personas no tienen ninguna experiencia real con la herramienta que hoy se discute como determinante para el futuro del trabajo. Del resto, el 20% la usó alguna vez y solo el 16% la usa de manera habitual.
Sin embargo, cuando se les pregunta para qué la usarían, la respuesta desmiente cualquier lectura de desinterés generalizado. El 42% dice que la usaría para el trabajo, el 29% para estudiar y el 24% para trámites: tres usos prácticos, orientados a resolver necesidades concretas, no a entretenimiento (7%, la opción menos elegida). El 31% que responde que no le interesa es un dato real y no menor, pero queda por debajo de quienes sí ven en la IA una herramienta aplicable a su vida cotidiana o laboral.
Con estos datos lo que se puede observar es que la falta de uso no equivale a falta de interés. La mayoría no conoce ni usó la IA, pero cuando se le pregunta para qué la usaría, elige el trabajo antes que cualquier otra opción, en sintonía con lo que ya pedía en párrafos anteriores: ingresos estables y que la changa deje de ser el único horizonte posible.
En cuanto a la IA, el 31% directamente no sabe qué es y otro 33%, si bien escuchó hablar de ella, nunca la usó.
El puente que falta
El perfil que arma esta segunda entrega es el de una persona desocupada o sostenida por changas, que identifica con claridad qué necesita —trabajo, ingresos estables, la posibilidad de emprender— y que, sin embargo, ve el próximo año con más incertidumbre que expectativa. Esa misma persona no tuvo, en la mayoría de los casos, ningún contacto real con la inteligencia artificial, pero cuando se le pregunta para qué la usaría, no duda: para el trabajo, para estudiar, para hacer trámites.
La misma lógica de supervivencia inmediata que explica por qué el ingreso extra se destina a pagar deudas y no a ahorrar, explica también por qué la capacitación aparece última entre las prioridades y por qué más del 60% nunca usó una herramienta que, en teoría, podría ampliar sus oportunidades.
No es una historia de falta de ambición ni de desinterés por el futuro. Es la historia de una distancia: entre lo que esta persona quiere lograr y las herramientas —capacitación, crédito, apoyo, y ahora también la IA— que tendría que tener a mano para lograrlo, y que hoy le faltan.





