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¿Qué preguntas no sabemos hacer?”: la reflexión de Musk sobre la inteligencia artificial

En uno de los fragmentos que volvió a viralizarse en un video en X, el empresario Elon Musk desliza una idea que descoloca el debate sobre inteligencia artificial (IA): la clave no está en competir con las máquinas por las respuestas, sino en atreverse a detectar qué interrogantes faltan sobre la mesa.

La frase que resume ese enfoque es contundente: “Una vez que conoces la pregunta, la respuesta suele ser la parte fácil“. En un ecosistema saturado de soluciones instantáneas, la escasez ya no parece estar en la información, sino en el criterio para decidir qué vale la pena preguntar.

Cuando preguntar cambió la historia (y puede volver a hacerlo)

La filosofía nació cuando alguien dejó de aceptar explicaciones heredadas y formuló una duda esencial: ¿cuál es el principio de todas las cosas? No fue una certeza la que abrió el pensamiento racional, sino una incógnita.

Hoy, con sistemas capaces de generar textos, estrategias o líneas de código en segundos, el paralelismo resulta inevitable. Las respuestas son abundantes, veloces y cada vez más sofisticadas. Pero ninguna inteligencia artificial determina por sí sola cuál es el problema verdaderamente relevante.

Cuando responder ya no alcanza

Durante décadas, el conocimiento funcionó como ventaja competitiva. Acceder a datos, bibliografía o asesoramiento especializado marcaba diferencias claras. La educación, en ese contexto, priorizaba la memorización y la acumulación de contenidos.

El escenario cambió. Con herramientas digitales al alcance de cualquiera, obtener explicaciones detalladas dejó de ser un privilegio. Lo que antes requería años de experiencia hoy puede esbozarse en segundos. Eso no vuelve irrelevante al saber, pero sí altera la jerarquía: si la respuesta está a un clic, el diferencial pasa por formular la pregunta adecuada.

“¿Qué preguntas no sabemos hacer?”

Más que un ejercicio retórico, el interrogante apunta al núcleo del nuevo paradigma. “¿Qué preguntas no sabemos hacer?” no es solo una provocación intelectual; es una advertencia sobre el verdadero límite humano.

La curiosidad orientada, el juicio para distinguir lo accesorio de lo esencial y la capacidad de desafiar supuestos son habilidades que no se descargan ni se automatizan. Detectar qué problema merece atención exige algo más que procesamiento de datos: requiere perspectiva.

La IA puede ofrecer miles de alternativas plausibles. Pero no decide qué inquietud es significativa en términos humanos, éticos o sociales. El cerebro tiende a completar vacíos y aceptar explicaciones que “encajan”. Esa rapidez es útil para la vida cotidiana, pero también puede empujarnos a conclusiones apresuradas.

Aquí la pregunta actúa como freno. Interrogantes simples, como ¿de dónde surge esta afirmación?, ¿qué evidencia la respalda?, ¿existe otra interpretación posible?, introducen distancia entre la primera impresión y el juicio final.

En un entorno donde la inteligencia artificial produce textos impecables en segundos, distinguir entre forma y contenido se vuelve crucial. Un argumento puede sonar técnico y convincente sin estar sólidamente fundamentado. Solo quien pregunta con precisión logra separar apariencia de rigor.

Un desafío para la educación

Si el valor ya no reside en repetir respuestas correctas, el foco pedagógico también debería desplazarse. Durante años se evaluó qué tanto sabe un estudiante. La pregunta emergente es otra: ¿qué tan bien sabe preguntar?

La primera mide memoria. La segunda revela comprensión, creatividad y capacidad de análisis. En un mundo atravesado por algoritmos, esa diferencia deja de ser un detalle y se convierte en eje central.

La última frontera humana

La inteligencia artificial amplifica nuestra capacidad de producir respuestas. Lo que no replica con la misma profundidad es la intuición para advertir lo que nadie ha cuestionado todavía.

La ventaja humana no parece estar en la velocidad ni en la acumulación de datos. Está en esa incomodidad frente a lo obvio, en la decisión de explorar lo que aún no tiene nombre claro.

Si algo sintetiza esta etapa es una idea sencilla: las respuestas se han democratizado; el criterio no. Y quizá la verdadera superioridad no consista en saber más, sino en animarse a preguntar mejor.

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